EL NACIMIENTO DE UNA TIRANÍA: ASÍ LLEGÓ MICHAEL SCHUMACHER A FERRARI

Cuando algo termina con un gran éxito es fácil olvidar el caos con el que comenzó. Todos recuerdan los brutales triunfos de los Chicago Bulls de Michael Jordan, pero pocos guardan en la memoria la apuesta que hizo Jerry Krause por Phil Jackson en su día; todos tienen en alta estima el Barça de Pep Guardiola, pero pocos piensan en lo arriesgado que fue contratar a un técnico novato en verano de 2008.

El caso de Michael Schumacher en Ferrari es un ejemplo claro. Demasiadas veces se considera que su éxito es un meroproducto de la buena suerte y no una consecuencia de una serie de decisiones atrevidas… y de innumerables horas de arduo trabajo.

Viendo todo lo que consiguió ‘Schumi’ con la escudería del ‘cavallino rampante’ —cinco campeonatos mundiales de Fórmula 1, 72 carreras ganadas, récords de todo tipo—, uno podría pensar que el alemán lo tuvo fácil. Al fin y al cabo, a principios de la década de los 2000, Schumacher era el mejor piloto de la F1 y tenía el coche más rápido: era el número uno sin discusión y trabajaba para la escudería más rica y prestigiosa.

Schumacher jugaba la vida en modo fácil: ¿acaso nos sorprende que ganara una y otra vez?

Lo que muchas veces se obvia es que la escudería al que Schumacher llegó en 1996 no era el monstruo todopoderoso en el que se convirtió de 2000 a 2004. Cuando ‘Schumi’ aterrizó en el equipo de Maranello, Ferrari llevaba 17 años sin ganar un título mundial; la escudería empezaba a ser más famosa por sus líos internos y sus ‘affaires’ políticos que por sus éxitos en los Grandes Premios.

No importa lo que los resultados indiquen: la decisión de Schumacher por fichar con la escudería italiana fue cuando menos arriesgada. Si Ferrari hubiera seguido haciendo las cosas mal —en el 96 parecían destinados a irse al hoyo… para siempre—, tal vez Schumacher jamás habría ganado un campeonato mundial. Como ejemplo de un Schumacher en una realidad alterna, véase la carrera de Fernando Alonso después de 2006.

El estreno del alemán como piloto oficial de Ferrari se dio en la pista de Fiorano hace 20 años: concretamente, el 15 de febrero de 1996. El tiempo que ha pasado parece increíble: Max Verstappen, una de las mayores promesas de la F1, ni siquiera había nacido cuando Michael se puso por primera vez el mono rojo rumbo a la cabina del F310. De hecho, ningún miembro del actual equipo de F1 siquiera había estado en la pista compitiendo: el más veterano, Kimi Raikkonen, tenía entonces 16 años y aún competía en go-karts.

El panorama deportivo mundial también era muy diferente. En España, el Atlético de Madrid se preparaba para sumar el doblete bajo la guía de Radomir Antić; Michael Jordan había vuelto a la NBA después de su aventura en el béisbol hacía pocos meses; y Mike Tyson se preparaba para su pelea contra Frank Bruno por el cinturón mundial de los completos del CMB.

La carrera de Tyson ya había pasado su apogeo, y el doblete del Atlético precedió a unos años de ignominia para el club ‘colchonero’, pero en cambio los logros más grandes de Schumacher estaban en el horizonte. El alemán por Ferrari después de haber ganado dos campeonatos mundiales consecutivos con Benetton: el primero fue extremadamente polémico y llegó tras una dura campaña; el segundo fue menos fraudulento, pero igual de controvertido.

En cualquier caso, Benetton cerró su último año con Schumacher con 11 victorias y 137 puntos; el equipo al que Schumacher estaba destinado a unirse ganó una sola vez y acumuló unos míseros 73 puntos.

Desde el punto de vista de la decisión profesional, Schumacher fue muy valiente al ir a Ferrari: si le quitáramos a los coches el color rojo y el caballo relinchando, la idea de fichar por la escudería italiana en 1996 parecería directamente una estupidez.

Ferrari, no obstante, es diferente. El ‘cavallino rampante’ es el símbolo más conocido de las carreras de Fórmula 1; el rojo es el color que hizo de Alberto Ascari, Niki Lauda y Gilles Villeneuve leyendas. Muy pocos pueden resistirse a su encanto, incluso cuando las cosas no marchan bien en Maranello. De hecho, durante este tipo de períodos infructuosos es cuando Ferrari hace uso de su fascinación para traer a una superestrella. Sebastian Vettel es el último ejemplo.

Ojo, tampoco es que dos alemanes con mentes tan racionales como Schumacher o Vettel hayan sido atraídos únicamente por el romanticismo: a Schumacher le ofrecieron una cantidad apropiada para que su fichaje fuese un éxito. De hecho, le convirtieron en el mejor pagado de la parrilla.

Pero aunque el alemán estaba más que contento tras firmar un contrato con muchos ceros, a ‘Schumi’ también le había atraído la idea de ser el ‘salvador’ de Ferrari. La situación de la escudería italiana podía considerarse como un reto: el hombre que los llevara de nuevo a la cima disfrutaría de un lugar especial en la historia de la F1.

Después de su primer prueba, este ‘regreso a la gloria’ debió parecer un camino eterno. El Ferrari de 1996 era un desastre; bastaba con ver el coche para saber que no sería veloz. Abultado y sin gracia, carecía de las líneas limpias y la aerodinámica agresiva del Williams-Renault destinado a dominar esa campaña.

El nuevo compañero de Schumacher, Eddie Irvine, confirmó la mala impresión que daba el coche en una entrevista concedida a Sky Sports: “Recuerdo que cuando el coche se dio a conocer le dije a Michael, ‘Parece muy diferente a los demás coches’. Era un desastre, y aquel año Michael hizo un fenomenal trabajo conduciendo esa cosa… porque era un pedazo de basura, de verdad que lo era”.

Schumacher demostró su valor durante la temporada de 1996 ganando tres veces con “esa cosa”. La primera victoria, en el Gran Premio de España, se considera una de las mejores actuaciones en toda la historia del automovilismo: Schumacher superó a su competidor más cercano con 45 segundos de ventaja bajo una lluvia torrencial.

Además del triunfo en Montmeló, Michael, logró añadir dos victorias más en esa temporada: una en Bélgica y otra en Italia, para alegría de los ‘tifosi’. ‘Schumi’ terminó el año el la tercera posición del campeonato mundial.

A esas alturas estaba claro que la “decisión arriesgada” de Schumacher era más bien una apuesta calculada, una decisión fría que le daría dividendos en el futuro. Los cimientos del éxito ya se habían establecido en Ferrari antes de que él llegara; tal vez el nombramiento más significativo fue el de Jean Todt, que se unió a la escudería como manager en 1993.

Todt, que estuvo al frente de Ferrari hasta 2007, empezó ‘limpiando’ la escudería de riñas políticas y supo construir un equipo ganador. Posteriormente, el francés fichó al genial Ross Brawn y trajo de su retiro a Rory Byrne: estos dos ingenieros se encargarían de diseñar y construir los coches que iban a dominar el mundo de la F1.

A partir de ahí, el ascenso fue imparable. Schumacher estuvo a un pasito de ganar el título en 1997 a pesar de contar con un coche inferior al de Williams, y repitió la hazaña en 1998, cuando McLaren produjo el monoplaza más veloz. El alemán seguramente habría sido el campeón en 1999 si no se hubiera roto la pierna en el Gran Premio de la Gran Bretaña… y después llegó la tiranía.

A partir del año 2000, el rojo tiñó el mundo de la Fórmula 1. Fue un dominio incesante, brillante e histórico. A veces también era algo aburrido, pero espectacular de todos modos.

Los infinitos triunfos de Schumacher y Ferrari durante las temporadas de 2002 y 2004, cuando esta alianza italo-germana parecía totalmente invencible, no deben recordarse como un fenómeno aislado: es mucho más divertido rememorar los excitantes días de Fiorano, cuando todo parecía estar en riesgo, cuando el trabajo duro aún estaba por empezar.

Tag: mercedes benz

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